7 de outubro de 2016

Bruno Carriço sobre Da Natureza dos Deuses

Quando estamos a dias do lançamento de mais um livro da já longa bibliografia de António Lobo Antunes (Para aquela que está sentada no escuro à minha espera, 18 de Outubro), acabo de ler o seu mais recente romance editado, Da Natureza dos Deuses. Admirador confesso da escrita deste autor, admito que os últimos títulos que lhe li, com uma ou outra excepção, pareciam caminhar para uma espécie de autismo, para um universo cada vez mais fechado. Ia lá cabendo Lobo Antunes e iam-se apertando conforme possível os seus mais devotos leitores, aqueles que já dominam as particularidades da sua escrita, as suas vozes dispersas e sobreposições temporais. É o próprio escritor quem melhor define os seus livros, quando diz que estes não são para ser lidos, que são para se apanhar, como se apanha uma doença. É também ele o primeiro a afirmar que não lhe interessa contar uma história, que quer, isso sim, enfiar a vida entra a capa e a contracapa. E é por estes motivos que eu, mesmo apaixonado por esta escrita (com um ou outro desgosto, como em qualquer paixão), não recomende livros de Lobo Antunes a quem me pede sugestões de leitura. Simplesmente porque é preciso estar disposto a mais do que ler. Avançando até este Da Natureza dos Deuses, não há surpresa na prosa poética com que este se enche, não há surpresa no rendilhado de frases e pensamentos que o autor cria e interrompe a qualquer momento, para concluir adiante. A técnica narrativa é a que vem evoluindo ao longo de toda a obra do autor, com as palavras escolhidas a dedo e as metáforas a alcançarem, quase sempre, o espanto. A vida volta a caber toda num livro. Da pobreza ao triunfo, da solidão às relações, da infância ao envelhecimento e à doença. Do que parece ser aos olhos dos outros até ao que realmente é, ao mais profundo de cada personagem. O que poderá haver de surpreendente neste Da Natureza dos Deuses é a facilidade com que, apesar das inúmeras vozes que o compõem, dos muitos tempos em que é narrado, se segue com clareza a história (sim, aquela que nem sequer é pedra basilar das ideias do autor), feita das muitas histórias individuais (essas sim, uma preocupação de Lobo Antunes) das personagens.  Este será, ao contrário dos últimos títulos do autor, um livro mais aberto, mais à feição de leitores que não dispensem um fio condutor na narrativa. Lobo Antunes continua a explorar o poder da palavra, mas deixa bem visível o retrato de um país e de um tempo. A admirável galeria de personagens deste Da Natureza dos Deuses é, salvo  raras excepções, desprovida de nomes próprios. Portugal está nas mãos do senhor doutor, que representa o poder económico, e do senhor presidente, que será Salazar sem que em algum momento se diga que é Salazar. É um tempo em que o volfrâmio se negoceia com ingleses e alemães. Também procuram o poder o adjunto do senhor doutor, a secretária do senhor doutor e a secretária do adjunto do senhor doutor. Neste romance quase sem nomes, entre as raras excepções encontra-se Marçal, o empregado do casaco branco, único homem da confiança do senhor doutor. As personagens são muitas, mas todas elas se apresentam de forma única. Sobra uma sobre quem pouco se afirma e tudo se questiona, o enigmático sem abrigo, que eu tomei como a figura do leitor a surgir no livro, mas que pode muito bem ser apenas o sem abrigo, alguém que passa ao lado dos jogos de poder, despojado de haveres, um contraste. Sem revelar mais, por ter já revelado mais do que queria, afirmo que António Lobo Antunes tem, neste livro, um dos melhores livros que lhe li. Um livro Da Natureza dos Deuses. Dos Deuses que só poucos autores conseguem ser.


por Bruno Carriço
03.10.2016

27 de setembro de 2016

Para Aquela Que Está Sentada No Escuro À Minha Espera

 

Para Aquela Que Está Sentada No Escuro À Minha Espera, o novo livro de António Lobo Antunes, estará disponível nas livrarias a partir de 18 de Outubro.

«Um livro perturbador sobre a memória – ou a perda da memória. Uma velha actriz luta com a idade e as suas contingências, enquanto as recordações do passado invadem os seus dias.»

Em pré-publicação no site da Leyaonline.

Capas: superior, edição normal, capa mole; inferior, edição limitada, capa dura


23 de setembro de 2016

Manual de Inquisidores, por Víctor Molinero

En este libro hay voces, un enjambre de voces que crean confesiones - acaso monólogos - para un entrevistador fantasma, que no se ve, que no aparece; acaso eres tú, preguntando por la causa de las cosas, por la razón que motivó que sucediera así. Todas esas voces engendran desde las palabras, desde frases redondas, desde adjetivos recónditos, desde verbos cúbicos; un bosque de huesos que van modelando esqueletos, que van cubriéndose de carne, de venas, manos, brazos, caras y de cabellos, hasta concebir la pequeña multitud de personas que pueblan el libro: gentío o, a veces, chusma, que nace y muere desde la figura de un ministro del dictador portugués Salazar. Ministro moderno con alma de Inquisidor viejo, que decide sobre la vida y la muerte, sobre la tortura o el calabozo en aquel añejo Portugal; hombre que arrastra su figura carnavalesca caída y vencida en su vida privada; que es germen, entonces, de este bosque de personajes que hablan de él y, a la vez, de ellos mismos y de sus propias mentiras, de sus medias verdades, del paso del tiempo, de sus miradas oblicuas, de sus perezas, de sus torpezas inherentes, de sus escasos triunfos… Confesiones que llenan huecos, a veces, como polvo antiguo, otras veces los rellenan con cemento que nace de la mezcla de la mentira y del olvido. En este libro hay puertas abiertas donde ya no entra nadie, hay puertas cerradas donde el pasado se ha quedado allí encerrado, repitiéndose una y otra vez, intentando volver a empezar de nuevo.

Lobo Antunes cuenta, desde la voz de muchos personajes, una visión de sus vidas y la de las personas que los rodearon; en un juego de “relato” de una historia y “comentario” como respuesta a aquel. Los personajes hablan, sí, de ellos mismos y también de un mundo esférico de protagonistas que orbitan alrededor de ese Ministro de Salazar. Recompone esas existencias como si fuera un rompecabezas que debe reconstruirse para ver el conjunto final. La particularidad del libro la pone esa combinación de historias y respuestas que permite ver a los personajes como si cruzaran en medio de dos espejos: por uno se ve su frente, por el otro su espalda, de tal modo que se verán todas las visiones: la triste, la enfadada, la realista y la irónica, hasta configurar una historia casi circular .

“Manual de inquisidores” es la constatación escrita, casi documento notarial, de la podredumbre que rodea a las dictaduras; es la radiografía en la que se ve que la gangrena se extiende por un estrato social y va invadiendo a todas las personas que toca, como un gesto de afirmación de los que sustentan el poder con los pobres, de los importantes con los débiles, de los que se creen que son algo con los que no pueden serlo… aún. Pero ser poderoso, ser hijo de poderosos, ser el amigo o la favorita de los poderosos, no te impide que puedas ser partícipe de su caída, de la mayor de las derrotas; allí donde la ola se ha alzado alta como una casa, es desde donde cae en un hervidero de espumas, maderas podridas y peces muertos. El poder tampoco evita fracasos personales, casi los provoca en ese hartazgo que se produce cuando el pequeño dios, el sátrapa del oeste atlántico,  es visto en zapatillas, con olor a sudor y tabaco pasado, con la baba derritiéndose en su barba. El libro es una oscura visión no solo del hombre como depredador político, es también la mirada sombría, con los ojos bajos, de la vida de las gentes en busca de amor, sea el de pareja, sea el del deseo nunca correspondido. Y es también un manifiesto contra las consecuencias del paso del tiempo, del olvido que lo rodea, y de la soledad que con ello se soporta.

Los universos propios que se mueven en estas páginas se van cruzando, entrechocando, fundiendo, repeliéndose y moviendo a lo largo del tiempo y del tiempo. Esas vidas que cuenta son vistas desde el pasado y el futuro, en lugares diferentes, en situaciones diferentes, en derrotas y victorias, en locuras y verdades, en la dictadura y el revolución, en los calabozos y en los hospitales, en el desprecio y en el amor, en todas esas cosas en las que se debe fijar un narrador para describir la vida; nuestra vida, vuestra vida o la vida de un plenipotenciario, duro y, después, decrépito ministro de una dictadura tan degenerada que pudrió su mundo.

Pero “Manual de inquisidores” es tan oscuro en lo que cuenta en sus temas, en todos esos personajes perdidos, abandonados por la historia, o por su familia, o por el amor, o por la simple vida; es tan cerrado en sus ubicaciones de casas pequeñas y pobres o en casas ricas pero rodeadas de odio, o en la quinta del ministro rica y derrotada a la vez; como hermoso en cómo lo cuenta. Cada una de las partes en las que se divide el libro, esas entrevistas, monólogos o confesiones; son una larga frase en la que aparece la poesía; pero no es esa poesía de rima y verso, ni siquiera es prosa poética, es esa que nace de la combinación exacta de ocurrencias iluminadas, de frases y palabras hermosas, atadas con ideas y visiones extrañamente bellas y rápidamente originales para el tema del que trata. Y en el que, como si un rezo fuera, alguna frase se repite como los misterios de un rosario profano en los que el mundo de cada personaje en ese instante se circunscribiera a esa locución, a esa pregunta o a esa exclamación que va y vuelve en el texto como si fuera las luz de un faro.

Siempre estaré buscando la solución al enigma, el perfecto secreto, por el que las cosas más terribles o las visiones más tristes, pueden ser contadas de la forma más bella; ese contraste que solo se halla en las tormentas en el mar, en los relámpagos más brillantes, en las fauces más abiertas, en algunos cuadros de Caravaggio, en algún Requiem, como el de Fauré; y que aquí aparece, simplemente, en el reverso y en el anverso de unas hojas unidas con pegamento.


por Víctor Molinero
en Libros y Literatura
03.09.2016

15 de setembro de 2016

«Até que as pedras se tornem mais leves que a água»

Os 26 livros até 2015, sem os volumes das crónicas (capas das 1ªs edições)

O meu trabalho é escrever até que as pedras se tornem mais leves que a água. Não são romances o que faço, não conto histórias, não pretendo entreter, nem ser divertido, nem ser interessante: só quero que as pedras se tornem mais leves que a água. Em pequeno, à noite, no verão, de luz apagada, ouvia o mar na cama: a mesma onda sempre, ainda hoje a mesma onda a trazer a praia e a levar a praia e, ao levar a praia, eu suspenso do nada sem tocar nos lençóis. A cómoda do quarto estalava de vez em quando, perto do vidro da janela um pinheiro sem fim. Durante o dia tornava-se outra árvore mas conhecia melhor a do escuro, que me interrogava, interrogava

– Tu

até a primeira nuvem cor de laranja do nascimento do dia lhe selar os lábios. Nenhum melro ainda, nem um passo lá fora, o mundo desabitado de gente, o primeiro cão daqui a nada, rente ao muro, a tossir, com um fio de saliva pendurado do queixo. Um desses pobres cães que comem restos de bichos mortos, coçam uma orelha com a pata, vão-se embora a pensar. Do lado da serra um canavial, um sapo grande debruçado no parapeito de si mesmo, severo, a pensar também. Até que as pedras se tornem mais leves que a água. E, a partir desse momento, não escrevo mais. Deixo de existir, claro que deixo de existir: já não sou mais necessário.

Que vida foi a minha, fiz o quê? A casa cresce, o número de degraus da escada do jardim para o primeiro andar aumentam. No lava-loiças um pingo de torneira, de longe em longe, nos pratos. Treme, alonga-se, cai, desaparece. Uma vassoura encostada à parede. O fogão negro, negro. Moscas no fio da lâmpada, as da infância que nunca se foram embora, uma porta a bater lá em baixo. Quem? Antes do sol o horizonte lilás.

Que vida foi a minha para além deste trabalho com as pedras? O sapo deve ter-se movido porque continua parado. Um gato, no muro, lambe a sombra de uma folha da pata, intriga-o não poder engoli-la. Que vida foi a minha? Andei em aulas, andei em hospitais. De vez em quando ia para longe, voltava. Senti-me feliz na Transilvânia, nas montanhas. As pedras tinham menos peso já, por essa altura, mas ainda necessitava de muito tempo porque as palavras demoram a impregnar as coisas, entram devagarinho; a ideia da minha morte começa a parecer-se com a minha morte. Às vezes o meu corpo gela, às vezes uma pedra levanta-se. Faltam muitas, ainda. Quando todas forem mais leves do que a água então sim, podem ler-me, escrevi o que era preciso escrever. Há um livro, pronto há um ano, que sai em outubro, chamado “A última porta antes da noite”, outro a publicar no fim do ano que vem, quase pronto, “Para aquela que está sentada no escuro à minha espera”, ficam a faltar três, que desejo que Deus me dê vida e saúde para fazer e depois calo-me para sempre. As pedras estarão mais leves que a água, o círculo fechado e será possível compreender a unidade do trabalho começado com a Memória de Elefante. O resto são estas cronicazinhas, de que se imprimiram algumas coleções, que não pretendem mais do que distrair as pessoas e que sejam agradáveis de ler. Não gostaria que as coleções fossem republicadas como não gostaria que aquelas que se seguiram aparecessem em volume. Tudo o que quero que permaneça são apenas os livros, nos quais joguei a minha vida, a minha saúde e a minha esperança, e onde julgo haver conseguido o que me propus. No seu conjunto constituem uma única obra. Como disse ao princípio não são histórias, não são romances. São um trabalho de desmedida ambição que levará tempo a ser entendido e acerca do qual me referi sempre de uma forma voluntariamente desajeitada e incompleta. Cada título é uma parte de um todo que deveria idealmente ser lido pela ordem em que os diversos segmentos foram publicados, de modo a compreender-se a sua unidade e a forma como cada um deles se encaixa no todo. Claro que exigem muito do leitor mas exigiram muito mais de mim. Não é uma comédia Humana à Balzac, com todo o respeito que por ele tenho, nem uma Recheche como a de Proust, nem um Decameron. Longe disso. É, na minha cabeça, o Livro Total, e não voltarei mais a este assunto. A partir de agora, mesmo com os tais cinco volumes que faltam, os dois acabados e os três últimos a seguir, apenas eles existirão. Eu pouco importo a não ser para a meia dúzia de pessoas que espero que gostem de mim. Quereria que no futuro a obra fosse publicada sem nenhum prefácio, sem nenhum comentário. Está completa. Qualquer palavra mais, quer minha quer de outra pessoa seria supérflua. E, por estar completa, não faz sentido nenhuma dedicatória em nenhum tomo. O último, em princípio, será publicado em 2020. Depois, se continuar vivo, irei extinguir-me como quando, em criança, comecei: a escrever poemas que desaparecerão no cesto dos papéis conforme aqueles que compunha, menino, em segredo, em silêncio, já sem o meu irmão João, que partilhava o espaço comigo porque há muito tempo que, infelizmente, deixámos de viver no mesmo quarto. Não imaginas mano, as saudades que tenho desse tempo. Se por acaso viesses tudo voltava a ser como dantes: tu a estudares e eu estendido na cama a olhar o tecto, levantando-me para encher páginas de versos que tinha pudor em te mostrar. Sempre achei que isso acabaria por nos acontecer. Anos depois passámos uma noite na casa da praia, no mesmo quarto, nas mesmas camas. Não calculas o que me comoveu estarmos de novo juntos. Acordei antes de ti e fiz-te uma festa na cabeça. Como desde sempre soubemos o que o outro sentia tenho a certeza que te lembras disso. Agora, a esta distância, acho que fomos felizes durante aqueles anos. Não me digas que não para eu não ficar triste.


António Lobo Antunes
crónica na Visão
Agosto 2016

14 de setembro de 2016

A opinião de um leitor sobre D'Este Viver Aqui Neste Papel Descripto (Cartas da Guerra)

António Lobo Antunes é, para mim, o maior e melhor autor português contemporâneo; tenho praticamente todos o livros que ele escreveu, já os li quase todos e interesso-me por tudo o que tenha a ver com ele, sua obra e vida. Naturalmente, quando houve toda esta “agitação” em torno do filme realizado pelo Ivo Ferreira baseado neste livro, fiquei curioso e com uma grande vontade de o ver, mas antes de o ver gostava de ler esse famoso livro que serviu de base ao filme. Por sorte possuo o livro que me tinha sido oferecido há tempos mas ainda não o tinha lido. A publicação deste livro é curiosa: apesar das cartas terem sido escritas por António Lobo Antunes à sua primeira esposa Maria José, foram as suas filhas (Maria José e Joana Lobo Antunes) quem as publicaram após a morte da sua mãe, a pedido desta.

António Lobo Antunes, em Janeiro de 1971, com 28 anos de idade, formado em medicina há pouco mais de um ano, casado há menos de seis meses e com a mulher grávida, segue para Angola como alferes médico para cumprir os dois anos de serviço militar em pleno auge da guerra colonial. Como todos os outros militares, embarca no navio Vera Cruz em direcção a Angola e logo no navio começa a imensa escrita da correspondência entre ele e a esposa. Apenas interrompida quando da ida de férias a Lisboa e quando da vinda da esposa e da filha para Angola (quando foi colocado em Marimba em Abril de 1972), sendo retomada no período em que a esposa foi internada em Luanda devido a uma hepatite entre Agosto de 1972 e Janeiro de 1973, terminando nessa altura, quando tem alta e regressa para Marimba para junto do marido, voltando todos para Lisboa em Março de 1973. António Lobo Antunes, quando chega a Angola, é colocado na zona leste do país, na cidade de Gago Coutinho, uma área isolada, junto da fronteira com a Zâmbia onde a guerra era particularmente dura.

Como atrás disse, António Lobo Antunes praticamente desde o primeiro dia iniciou a sua correspondência com a mulher e é essa correspondência que nos é dada a ler, sem qualquer tipo de censura. Nela António Lobo Antunes mostra todo o seu amor e desejo pela esposa, o sofrimento por estar longe, separados por milhares de quilómetros, a saudade e a angústia. Porém, mais que todo esse amor, saudade e desejo, António Lobo Antunes mostra-nos também a guerra, a vida militar em Angola, o stress da guerra, o isolamento, estar constantemente em alerta, não dormir e não conseguir descansar durante dias seguidos, comer mal, não ter água e condições mínimas de higiene, as idas aos aquartelamentos longínquos, participar em acções de guerra, assistir a ferimentos graves e a mortes tanto de um lado como do outro. Apesar de tudo isto, António Lobo Antunes também relata o seu dia a dia, o seu relacionamento com os outros militares, com a sociedade civil (portuguesa e angolana), os seus serviços extras como médico a dar consultas à população, mostra também a sua preocupação com as coisas materiais, a procura de casa em Lisboa para viverem, a falta de dinheiro, os exames da faculdade da esposa e, evidentemente, a sua gravidez, e a relação com a restante família. Também a parte literária não é esquecida. Nestas cartas pede livros, dá a sua opinião sobre esses mesmos livros e autores, e fala já com a sua ironia da vida literária em Portugal, mas acima de tudo vai confidenciando à sua esposa como lhe vai correndo a escrita de um seu primeiro livro.

É um livro muito emocionante, são as palavras de um apaixonado que é colocado numa situação extrema, de separação, isolamento e dureza incomparável, e é ao mesmo tempo duro e assertivo, um testemunho de um período tenebroso que milhares de jovens, tal como António Lobo Antunes, tiveram de atravessar e do qual muitos não regressaram ou então regressaram com feridas profundas, tanto físicas como psicológicas [...].

Recomendo a leitura deste livro, mesmo para quem não aprecie os livros de António Lobo Antunes, é totalmente diferente da sua ficção; aqui foi (e ainda é) a realidade...


por Nuno Martins
13.09.2016

[revisão do texto original por José Alexandre Ramos]

8 de setembro de 2016

Colecção ALA-Ensaio: António Lobo Antunes: As Formas Mudadas, por Norberto do Vale Cardoso

A partir de 20 de Setembro estará diponível mais um volume - o sétimo - da colecção ALA Ensaio, dirigida pela Prof.ª Maria Alzira Seixo, e editada pela Texto. É o segundo livro da autoria de Norberto do Vale Cardoso nesta colecção .


«Contemporânea e clássica, certamente multímoda, a obra de António Lobo Antunes é aquela que pretende “mudar a arte da escrita”.

Em António Lobo Antunes: As Formas Mudadas, título que retoma uma das obras que mais tem influenciado a cultura ocidental, as Metamorfoses de Ovídio, percorremos os caminhos da obra que nunca se fixa, que se constrói em avatares constantes, seja nas várias tendências estéticas, nos temas, na mundividência, na sensibilidade, na concepção e/ou composição da escrita, em suma, na sua “poética” (a importância do lateral, dos interstícios, da transfiguração verbal, do indecidível, do fragmentário, do suspenso, da metaficção).

Em António Lobo Antunes: As Formas Mudadas verificamos que a obra de António Lobo Antunes é aquela que se adianta ao seu próprio tempo, mas é, de igual modo, aquela que não desdenha a herança dos clássicos, com os quais contacta em permanência, para “sobreviver ao tempo,
ao ferro e ao fogo”.

Nenhum ensaio estabelece interpretações definitivas – muito menos em literatura. António Lobo Antunes: As Formas Mudadas, volume 7 da Colecção António Lobo Antunes/Ensaio, pretende tão-só interrogar-se sobre os sentidos da arte e, com ela, da vida. Afinal, e parafraseando o próprio António Lobo Antunes, “Como se pode agarrar, digam-me lá, o que constantemente muda?” »

Maria Alzira Seixo

> consulte aqui os outros volumes desta colecção <

24 de agosto de 2016

Público: «Cartas da Guerra: um filme que se ergue»

Cartas da Guerra, de Ivo Ferrreira, que tem hoje a antestreia antes de chegar às salas a 1 de Setembro, aventura-se a procurar um corpo, para a personagem António e para si próprio, que esteja num lugar que não aquele a que parecia destinado. Delicado e temerário, cria o seu mundo.


Uma “cena original” luminosa: o realizador Ivo M. Ferreira a entrar em casa de madrugada – como contou -, avançando para o quarto, guiado pela voz da mulher grávida, a actriz Margarida Vila-Nova, que lia à sua barriga uma carta. A futura mãe tinha em mãos as páginas de uma das missivas de D’este viver aqui neste papel descripto: Cartas da Guerra, o volume que em 2005 juntou as cartas escritas pelo alferes médico António Lobo Antunes, de 28 anos e destacado logo após a conclusão do curso de Medicina para uma comissão de serviço em Angola (1971-1973), à mulher grávida que deixara em Lisboa, Maria José.

Mesmo correndo o risco de a “cena” se imobilizar como cliché à força de tanto ser “vista” (mas é belíssima, e por isso é irresistível voltar a ela ou começar por ela...), guarda um potencial anunciador que parece regenerar-se sempre que é de novo contada: a intimidade (do cineasta) como espaço de transmissão de uma memória da História portuguesa – para o já singular Águas Mil, longa-metragem anterior do realizador (2009), em que Gonçalo Waddington corria atrás de quem guardava as memórias das aventuras revolucionárias do pai, Ivo M. Ferreira já deixara a sua vida ser tocada, interceptada, por histórias que não viveu, pelas biografias e memórias dos outros que fez suas.

A questão era saber se a singularidade e a delicadeza tinham resistido no que aí vem, o filme Cartas da Guerra (estreia na próxima quinta-feira, dia 1 de Setembro, mas com antestreia marcada para esta quarta-feira). Porque era um projecto cheio de armadilhas: adaptação literária, figura pública (e seus guardiões) a condicionar, directa ou indirectamente, um património simbólico e figurativo e a obrigar, provavelmente, a negociações várias, e a imaginação do espectador (quando não mesmo a liberdade do realizador) a poder ser afectada por uma presença intimidante, bigger than life. Ou seja, facilmente o filme e as suas expectativas seriam reduzidas ao biopic de prestígio, de interesse escolar, ilustrativo.

As notícias do Festival de Berlim, onde Cartas da Guerra esteve a concurso, foram razoavelmente ambíguas, aliás: mais ou menos entusiásticas, mais ou menos reservadas, pareciam dar conta de um filme que não se libertava das prisões que tinha criado para si próprio, como que vergado pelo seu peso. Como se as suas mais-valias fossem os obstáculos que criara e que não conseguira ultrapassar: a saber, uma voz-off e um trabalho fotográfico esmagadores – de João Ribeiro. Havia, além disso, uma contiguidade incomodativa com outro filme português, da mesma produtora, O Som e a Fúria, também a preto e branco, também com vozes, também memória das Áfricas: Tabu, de Miguel Gomes, que estivera em concurso no mesmo festival e que, disse-se, por pouco não chegou mais alto no palmarés final da edição de 2012 (teve o prémio Alfred Bauer pela sua contribuição artística inovadora). Como se Cartas da Guerra fosse, então, uma “jogada” e uma possibilidade de remake.

Correndo o risco de súmula injusta do que se escreveu, avizinhava-se então a chegada de uma natureza morta.

E eis que nos devemos preparar para um filme que foge das armadilhas colocadas no percurso e, mais surpreendente ainda, que tacteia no escuro atrás da sua vida interior, permanecendo fiel à voz que ouve. É filme simultaneamente delicado e temerário. Por isto: aventura-se a procurar um corpo, para a personagem António (interpretada por Miguel Nunes) e para si próprio, que esteja num lugar que não aquele a que parecia destinado. Aventura-se a criar e organizar o (seu) mundo, como se não houvesse pré-existências.

Voz-off? Não, a voz não vem de fora a sublinhar ou a demonstrar, impossibilitando assim a vida própria dos planos. A voz vem de dentro, é o próprio filme a construir-se, a falar (-se). É voz in, à procura de um lugar out. Isto vale para Cartas da Guerra e vale para António – as cartas são o desejo de um encontro erótico com uma mulher (Margarida Vila Nova), num espaço que anule a guerra, que a derrote, que faça o mundo, que é essa história de amor, recomeçar do zero. A personagem e o filme querem estar num outro lugar.

Muito cedo António deixa de ser prisioneiro das expectativas “criadas” pelo facto de ser o escritor António Lobo Antunes quando jovem e parte para a sua própria aventura de personagem. Quer ganhar corpo. Figura frágil, inicialmente presença diáfana, vai conquistando progressivamente (o seu) espaço, a consciência política, a dimensão como escritor. Essa é exactamente a aventura de Cartas da Guerra: filme à procura de si próprio, de um corpo que chame seu. Este corpo a corpo filiam-no menos no Tabu de Miguel Gomes do que, por exemplo, nas aventuras malickianas. Há um filme para que este remete, se assim o quisermos, A Barreira Invisível/The Thin Red Line. Mas mais do que um título em especial, é com a experiência da criação do mundo que está nos filmes de Terrence Malick – como se todas as matérias se organizassem num caos inicial, e o filme fosse o testemunho vivo, a prova, de um nascimento – que Ivo M. Ferreira caminha. De forma desassombrada, aliás. Por isso a meia hora final de Cartas da Guerra pode mesmo ser qualquer coisa de triunfante. É um filme que não só sobrevive a si próprio, como se ergue. É uma personagem que se afirma. A guerra foi de Ivo M. Ferreira, o filme é dele.


citado do site do Público
texto de Vasco Câmara
24.08.2016

15 de agosto de 2016

Bia Couto sobre Da Natureza Dos Deuses

Da natureza humana e das suas misérias. Uma leitura das nossas vidas tão desencantada e triste que impressiona.

A vida dos ricos e a vida dos pobres. Em comum, as mesmas angústias e a falta de alegria. Tudo cru, com as cores que se vêem nos talhos. Ninguém é feliz.

No mundo dos ricos, que tudo podem comprar, incluindo homens e mulheres que os servem submissos ou com a astúcia de lhes sacar o máximo possível, falta-lhes ter paz. Não têm. Tentam ajustar contas com o passado mas nunca as acertam porque não dominam a ganância que sentem nem as memórias que lhes criaram essa dureza implacável.

Nos pobres, a mesma miséria. As mulheres novas, ambiciosas, a desperdiçarem a exuberância e a energia dos vinte anos com velhos com dinheiro, a troco de uns fios, sapatos, brincos, vestidos, jantares e carros que lhes podem ser retirados em qualquer altura, porque eles fazem questão de lhes mostrar quem é que manda. Tudo se passa com a bênção dos pais e restante família, aproveitando também eles algumas benesses.

E assim correm quase seiscentas páginas em que, basicamente, andam alguns com umas cenouras a acenar a muitos que poderão apanhá-las. Se, se e se muitos ses se cumprirem. Há um personagem diferente, o sem abrigo, de quem todos falam mas que só é avistado, ninguém o agarra ou interpela e no final há quem diga que é um anjo. É a fantasia-personagem, a liberdade, ninguém sabe quem é, aparece aqui e ali o tempo suficiente para ir semeando curiosidades e devaneios.

O escritor António Lobo Antunes, para além de ser um vulto da nossa literatura, conhece a nossa raça, sabe do que fala. Porque raio é que entre tantas palavras não lhe deu para falar dos flashes felizes que todos temos da infância, ou das memórias doces enquanto crescemos? Ou dos mundos paralelos que criamos com a imaginação, enquanto adultos? E do amor que nos faz sentir e ver mais alto, mais perto das nuvens, tantas vezes a troco de um sorriso ou de uns dedos que se entrelaçam nos nossos? De vez em quando, que a lucidez não aguenta muito tempo a máscara, por isso digo, de vez em quando, para não nos matar a esperança de uma vida melhor? Ele, que através de um personagem diz que este livro conta uma história de amor. Para mim o que sobressai é o jogo de interesses, a falta de ética e o desamparo. Falta de alegria e de dignidade. Apenas a sobrevivência.

Mas, talvez, com esta narrativa niilista ele tenha pensado que o melhor mesmo é pôr tudo em cacos, com o mundo neste caos tão óbvio já não é possível atamancar, há que recomeçar do zero. Talvez seja isso.


por Bia Couto
em Agalma
14.08.2016

4 de agosto de 2016

Fátima Bento sobre Memória de Elefante... ou sobre António Lobo Antunes?

Ui, escrever sobre ALA é um risco; para mim e para os outros. Para mim porque me perco, para os outros porque ficam nauseados da admiração que transborda em qualquer texto que escrevo com alusão ao autor.

Escritor com E grande.

A ver se consigo cingir-me ao essencial sem pegar nas palavras do seu primeiro livro,
os meus livros não são autobiográficos. Não escrevo sobre mim nos meus livros pois não Piedade*? Não... bem, escrevi os primeiros, o Memória de Elefante e Os Cus de Judas são autobiográficos, mas foi só. Não escrevo sobre mim nos meus livros...
 assumidamente autobiográfico e desatar a dissertar sobre o que penso, acho e sinto.

ALA escreve, mais que ao correr da pena, ao correr do pensamento. E se nós começamos por pensar no bolo de chocolate que vamos fazer para o lanche de domingo, e de enfiada, às tantas acabamos a recordar o último dia de praia do verão de 2001, e tudo faz sentido na nossa cabeça, o que é que a escrita do autor tem? que o transforma no 'bicho-papão' dos livros-difíceis-de-ler-e-compreender,
Os meus livros não são difíceis. Acha, que os meus livros são difíceis? Não, não são difíceis...
que se compram e deixam na estante, pequeninos que nos sentimos em face a uma obra de tal envergadura, a olhar para a lombada como se temêssemos que ao lhe pegarmos, ele nos engula de um trago. Isso e se oferecem no Natal, peito cheio de presunção intelectualóide para o pai, o tio, o senhor doutor, o último livro do Lobo Antunes!, porque fica bem - e a Dom Quixote sabe, que escolhe dezembro para lançar o novo, o último, que está nos escaparates dois meses antes, mas assim reacendem-se os ânimos e recorda-se a resposta fácil à prenda difícil.

Quanto ao livro que dá titulo ao post, é o primeiro que ALA escreveu. Ou melhor, publicou, que quando lemos as cartas de Angola que escreveu à mulher, entendemos que escrever, sempre escreveu, mas nada que considerasse suficientemente bom para publicar, e lá estou eu a perder-me nas curvas outra vez, dizia então que é o primeiro livro que escreveu - e eu ainda não tinha lido, apesar de o ter recomendado a não sei quantas pessoas que me diziam o habitual, que-ALA-é-difícil-por-isso-só leio-as-crónicas, então começa pelo inicio, nem tentes agarrar num dos últimos, que é mergulhar de cabeça sem conhecer o rio e a profundidade do mesmo.
As pessoas dizem que a minha escrita é difícil de entender porque pegam no livro e querem entendê-lo usando a SUA chave; ora cada livro tem a sua própria chave, e temos 'de nos deixar ir' até a encontrar...
Memória de Elefante dá-nos uma chave para o estilo de escrita/leitura das obras de ALA: seguimos a linha de pensamento do narrador, com as suas subidas, descidas, curvas e contracurvas, com memórias em mistura com expetativas... como cada um de nós pensa. Sem UMA forma concreta à laia de sujeito e predicado, mas a perder-se nas pregas da memória, nos arrebites da vontade caprichosa que a mente exige como prerrogativa.

Memória de Elefante é o primeiro na prateleira. Outros se lhe seguem, perfilados como soldadinhos de chumbo à espera da troada de carga!! saída dos pulmões de um general em miniatura.

E é isto.

António Lobo Antunes deixa-me à deriva nas palavras, perdida na ideia que quero passar. Se o livro é bom? Não mo vão perguntar, pois não?

Opiniões há que apontam ALA como o menino bem a desmultiplicar-se na arte do palavrão fácil, e que reduzem a sua escrita a um exagero de metáforas alinhavadas entre si por um discurso inútil. Quem advoga tais argumentos, nunca o leu, mesmo que tenha ido da primeira à última página de todos os livros que publicou.

ALA não se lê palavra a palavra: sente-se nos espaços.


Nota de rodapé:
em itálico, parafraseadas, frases de António Lobo Antunes aquando do lançamento de 'Da Natureza dos Deuses', em dezembro último. 
*nome da sua editora, que o acompanhava na mesa, aquando do referido lançamento, e a quem se dirigia como que ancorando-se à presença (re)conhecida numa sala cheia de admiradores desconhecidos.
{e assim passo três horas e meia, a polir o que queria perfeito. Ler ALA faz-me disto...}


por Fátima Bento
em Porque eu posso
02.08.2016

21 de julho de 2016

Nathaniel, from Senegal, wrote about «Act of the Damned» in Goodreads.com

Grove Press edition, 1996
Act of the Damned” is an absolute lunatic novel. The disturbingly besotted and predatory air of Antunes’s work is reminiscent of dark and frenetic passages from Hunter S. Thompson, Ignacio de Loyola Brandao, Boris Vian and perhaps the creepiest bits of Roald Dahl. This is to say that the prose is unusually visceral, coarse, disorganized, playful and interested in avoiding pretention in favor of a swaggering strangeness.

A few scattered sentences like, “After endless nights of talk and drink and syringes, of God knows how many grams of pills and heroin, I return to the world at two or three in the afternoon, surrounded by your collection of old hats, the overflowing ashtrays and the smell of urine from the Siamese that struts over the covers while we sleep, I return with the weariness of a septuagenarian frog, my kidneys splitting with pain as I flounder in a swamp of algae” made me feel like I could imagine what sort of influences went into the scattershot construction of this multi-generational festival of avarice, decay and retardation. 

The novel is challenging, not least of all because there are at least nine different narrators (members of the family, the family’s doctor, a hapless notary), many of them unannounced and few of them in absolute control of their chapters. A reader suddenly realizes, based on rare instances of direct address in imbedded dialogue, that someone new inhabits the first person perspective, around whose discomfort and frustration Antunes layers his ubiquitous, over-the-top prose. (He could be faulted for failing to differentiate these narrative voices more clearly.).

For long stretches, Antunes will also narrate several things at once, overlaying them in alternating sentences. Sometimes it is clear that he is doing this to show how the surroundings (usually noise, heat and squalor) are so oppressive and irritating that they literally intrude upon the happenings and at other times, it seems to a bit more haphazard and “cut up.” For instance, “ ‘Wackawackawacka,’ said my cousin in Turkish to the Saint Bernard, who immediately withdrew his submissive finger. The mongoloid finished her oatmeal in a typhoon of soggy morsels, and the maid used the torn shirt to wipe her clean before unstrapping her. The procession trampled over the already twisted, tortured lanes to the accompaniment of clarinets, trombones, and tambourines in a heart-rending display of miserable splendour. The fireworks burst into luminous flakes in the air and we only heard them once they were fading in powdery threads. ‘What are you nosing around her for?’ asked my aunt, her eyelids heavy with rage. ‘We got you that cabin and bought you the looms on the condition that you never again set foot in this house.’”

Antunes is also quite comfortable, cobbling together virtuosic sentences that, with the addition of the retards, had me thinking of a more substance-addled, more embittered and less fussy William Faulkner, “My shotgun was tucked under my armpit and my cartridge belt held four or five dangling birds that had interrupted their flight (the hounds fetched their riddled corpses) to fan my haunches, and I arrived at the bedroom door trailing dust from my boots on the carpet and smelling of gunpowder, the earth, the woods and the blood of rabbits and turtle-doves, and my wife, who didn’t look at me, was pulling dresses from the closets and laying them on the bedspread, folding blouses, gathering up her underwear and shoes, and tugging on the leather straps of the open suitcases, knowing I was watching her—my gun in hand and my navel crowned with partridges, looking like a holy card of Our Lady surrounded by murdered angels—watching her move forward and backwards and sideways in the mirrors, as if it were twelve instead of one that I’d married, until I asked, ‘What the hell’s going on?’” 

I’m letting Antunes’ prose speak for itself. While it fits into the cluster of authors I mentioned at first, it is unique and will either repel a reader within five pages or make him tolerate heaps of cruelty, mockery of retards, incest, random violence, scheming and confusions. As I read the novel, I was, at times, unsure what I thought of it and unsure of whether or not I would read Antunes again. In retrospect, I may just have been too overwhelmed and off-track to enjoy it properly. Skimming it again and reviewing the passages that I marked, made me certain that I will tackle another of this man’s books.


by Nathaniel
in Goodreads.com
23.05.2008

Sue, from Whispering Gums, about «The Natural Order of Things»

Grove Press edition, 2001
Virtuosic? Tour de force? These are such clichéd terms to use in a review – and yet, I can find no other words to better describe Portuguese writer António Lobo Antunes’ 1992 novel, The natural order of things. This is one of those beautifully written, but rather challenging, books that you know you really should read again to get all those nuances, relationships, and connections that you sense but can’t quite fully grasp. If that puts you off reading the book, so be it, but in doing so you’ll miss something quite special.

As you might expect the title is ironic – there is very little natural order here. The novel does not follow the “natural (aka chronological) order” either of fiction or of life. The characters – including a middle-aged man living with a schoolgirl, a miner who “flies” underground, a girl/woman who spends her life in an attic, an ex-secret policeman who teaches hypnotism by correspondence – do not fit the “natural order” either.

The imagery is rich, evocative and effective in building up a picture (mostly of disorder and decay) and a feeling (mostly of melancholy, if not despair). The rhythm – produced by repetition, and by run-on paragraphs that don’t begin with new sentences – compels you on. The characters are convincingly drawn despite their often mad-sounding confusions. The mixing of the surreal with the real works – as does the weaving of two scenes from different points in time in the same sentence, not to mention the telling of a story by two voices in the same sentence. Somehow he makes it work. Here is an example:

…and eleven months later I met Mr Valadas at a restaurant and liked his double chin, he wasn’t as handsome as the skin doctor who hated Verdi, but I felt sorry for him, always by himself, eating lunch all alone,
and my sister Teresa, who kept looking at you and shaking as if she’d been hit by the world’s worst tragedy, “When is the wedding Fernando?” [p. 186]

Two voices alternating in one long run-on sentence – and for some reason, you go with the flow and know who’s speaking when. But that is the thing to do with this book – go with the flow.

So, what is it about? In superficial terms it’s about, as the blurb on my back cover says, “two families and the secrets that bind them”. But really, there’s not a strong plot, though several stories are told. The novel comprises 5 books, each of which is broken into chapters told from two alternating points of view, resulting in 10 voices. The stories are set between 1950 and around 1990 and deal, in their various ways, with post-1974 Carnation Revolution Portugal and the resultant disintegration of Portuguese society (not only in Portugal but in its African and Timorese colonies). This said, the over-riding sense of the book is one of personal stories, of past, present and the way memory works, and not of politics:

Relax, don’t lose your temper, I swear I’m doing the best I can, but that’s how memory is, it has its own laws, its own rhythm, its own whims, … (p. 23)

In a bit of self-consciousness that brings us back to earth, the second last voice in the book, the dying Maria Antonia, says:

I amused myself by imagining that the redheaded girl was the sister of my neighbours at the Calçada do Tojal, I moved her to the house of the Vacuum Oil employee and the imprisoned army officer … my nephew announced with a smile , “You’re going to live forever, Aunt Antonia”, and I nodded so as not to upset him, I stuck a Tyrolean hat on his head and place him in Hyacinth Park of Alcântra, married to a diabetic girl from Mozambique or … [p.263] 
because we who are from here but are not from here, who are from a here that no longer exists, have filled up these buildings with the silt of mementos and albums and letters and faded pictures from the past, and our present is occupied by these ruins of memory, not only the memory of those who preceded us, but the memory of ourselves, because we also forget, because names and images and faces get lost in a fog that makes everything equally blurry, … [p. 274] … with me will die the characters of this book that will be called a novel, which I’ve written in my head, fraught with a fear I won’t talk about, and which one of these years someone, in accord with the natural order of things, will repeat for me in the same way that Benefica will be repeated in these random streets and buildings, and I, without wrinkles or gray hair, will water my garden with the hose in the late afternoon, and the palm tree at the post office will grow again, … [p.277-8] … even if we’re not very large trees, and even if they knock us down, we’ll remain in photos, in scrapbooks, in mirrors, in the objects that prolong and remember us, … [p. 278]

And so here is made clear what should already be clear through the way the book is written and structured – though the repetition of phrases, the recurrence of bird and tree images, and the intertwining of stories and voices –  and that is that the present and past intermingle and repeat each other, that the real and the unreal both have a place, that nothing really ends or begins, and that, perhaps, no matter how bad things are there is hope. What also seems to be made clear is that this has all been the fabrication of Maria Antonia – or has it? After all it is not she but the redheaded girl (Julieta) who has the last say. Read it and decide for yourself.


by Sue
08.09.2009

2 de julho de 2016

ABC Cultura - «Los hijos de Lobo Antunes»

La sombra del escritor portugués, eterno candidato al Nobel, es alargada en la literatura de su país

foto ABC, Yolanda Cardo

La literatura de la mente y sus recovecos se escuda en António Lobo Antunes para proyectarse al límite. Las fronteras del cerebro se abren de par en par a través de su pluma estilográfica (¿o es que alguien puede imaginarse al eterno candidato al Nobel apostado, a sus 73 años, tras un impersonal ordenador?), guiada no sólo por su imaginación trufada de memoria histórica y recuerdos periodísticos angoleños. Su hermano João, eminente neurocirujano que ejerce de profesor emérito en la Universidad de Lisboa después de su carrera como investigador en Nueva York, se encuentra en la recámara. De sus conversaciones sobre los retos de la humanidad se infieren miles de matices que se alojan en los libros del desasosiego de este expsiquiatra rendido al poder de la palabra.

Cuando Svetlana Alexiévich fue la elegida en octubre por la Academia Sueca, todo Portugal sintió una vez más que aún no era tiempo para reverdecer aquellos laureles de 1998 encarnados en José Saramago. Pero su pulso literario continúa impasible: «Comisión de las lágrimas» o «Camino como una casa en llamas», sucesores de «Tratado de las pasiones del alma», «Exhortación a los cocodrilos» o «La muerte de Carlos Gardel».

La sombra de Lobo Antunes es tan alargada en la literatura portuguesa de hoy como lo es la octogenaria Paula Rego en la pintura. Expresionismo y dolor en ambos casos.

Los «hijos»literarios de don António aseguran la extensión de su legado, de su estela, de su marchamo, de sus enseñanzas… porque él se abre en canal cuando las palabras fluyen desde su convulso interior.

Tierra de nadie

José Luís Peixoto bebe de él y de Saramago, también de la calle, hasta del universo «hip hop» o de la liturgia más autóctona, la que deriva de las apariciones de Fátima. Tal cual refleja «En tu vientre», su 15º libro, donde se abandona a un «tour de force» de la memoria histórica del país vecino.

Y, precisamente, es una devoción casi religiosa la que despierta esa literatura hipnótica del maestro de 73 años, entre la racionalidad y su antagonista, en una tierra de nadie que sólo habita el artífice de «Tratado de las pasiones del alma».

Aureola fantasmagórica de raíz arquetípicamente portuguesa, lejos de los caprichos formales y sujeta a una autenticidad a prueba de bombas. Hondura. Estados alterados.

Otra de sus discípulas lo ha reconocido abiertamente, Dulce Maria Cardoso, después de dar a luz a «criaturas» como «Campo de sangre», «Mis sentimientos» o «El retorno»: «Sólo él consigue escribir lo indecible como ningún otro».

El resultado es que la deuda literaria crece en su honor, como atestigua Ana Margarida Carvalho, «madre» de «Qué importa la furia del mar». Ella se adscribe a sus rotaciones metafísicas, a una «prosa torrencial» que nos inunda. Obsesiones en gerundio herederas de quien dijo: «Mi oficio es traducir voces».

Rui Cardoso Martins da fe de una comunión similar a través de títulos como «Y si me encantase morir» o «Dejen pasar al hombre invisible». Su creatividad fluye de manera sinuosa, a veces cavernosa, nunca meliflua. Por si fueran pocas sus evidencias, acaba de poner en pie un montaje teatral surgido de su desbordante imaginación y encarnado en algunos manuscritos que le marcaron especialmente. Así nació «António y Maria», una especie de combate dialéctico con sabor a tragicomedia doméstica.

Tampoco podemos olvidar a Valério Romão, autor de «Autismo» o «De la familia» y permanente observador de la obra excelsa del «padre» de «Memoria de elefante», aquel debut de Lobo Antunes que antecedió a otra de sus creaciones más inquietantes, «Fado alejandrino», retrato vivo del Portugal que avanzaba con pies de plomo en la centuria anterior con un sentimiento de culpabilidad neocolonial palpable en aquellas páginas.

La metáfora como herramienta principal, de acuerdo con su reencarnación en manos de Frederico Pedreira, que reunió sus magníficos cuentos en «Un bárbaro en casa», una faceta que le otorga una dimensión muy diferente a la que suelen transmitir sus elegías.

Honestidad brutal

La arquitectura desconcertante se halla también presente en José Riço Direitinho, incapaz de conformarse con la epidermis en «La casa del fin» o «Una sonrisa inesperada». Eso sí, se ha atrevido a indicar que la conversión de su universo particular en una suerte de «club con el derecho de admisión reservado» constituye la única piedra que ve en su camino. Quizá porque sus intenciones son menos crípticas. Una confesión que rezuma honestidad brutal, especialmente si tenemos en cuenta que procede de quien se benefició de una ayuda personal por parte de don António en sus orígenes. Porque Riço Direitinho pudo encontrar editorial gracias al consejo de su tótemico modelo.

No es, por supuesto, la única generación de escritores que venera al arquitecto verbal transcrito en «La muerte de Carlos Gardel». Ya se había acreditado como tal José Cardoso Pires, alquimista de «Vals lento« y «Lisboa. Diario de a bordo», además de aguerrido azote del salazarismo.

El ADN «antuniano» se ha colado hasta en el reciente Festival de Berlín, pues se estrenó allí la adaptación cinematográfica de «Cartas de la guerra», una película de Ivo M. Ferreira basada en las misivas que un alférez de veintiocho años apellidado Lobo Antunes escribía a la que fue su segunda esposa en los días de la liberación colonial de Angola.

Hay quien proclama su firma en la antesala de una especie de subgénero literario, formado por el «progenitor» y su creciente número de «hijos», protagonistas de todo un renacer literario en la patria del fado, que tuvo a bien definir Fernando Pessoa como «la música del pueblo».


23.06.2016
texto de Francisco Chacón

27 de junho de 2016

Nelson Zagalo sobre Não É Meia Noite Quem Quer (blog Virtual Illusion)

Li centenas de crónicas de António Lobo Antunes (ALA), contudo este é o seu primeiro romance que termino. Não que me tenha esforçado por ler outros, confesso que outros antes não me motivaram suficientemente, nomeadamente pelo surgimento constante do tema da guerra colonial, que me provoca algum distanciamento. Este perseguia-me quase desde que saiu, pois gostei imenso das primeiras páginas, o retrato que ALA ali desenha abre para uma espécie de cenário tipo do cinema português dos anos 1990: urbano, melancólico, pausado, reflexivo, e profundamente introspectivo.

“Não É Meia Noite Quem Quer” vem dividido em três grandes capítulos, por sua vez divididos em 10 secções cada, em que cada capítulo representa um dia, sendo que a acção decorre de sexta a domingo, tudo distribuído por 450 páginas. A escrita de ALA não é simples, desde logo porque trabalha em fluxo de consciência, estamos todo o tempo dentro da cabeça da protagonista, com excepção apenas para duas secções, em que somos convidados a entrar na mente de uma amiga e noutra vez do irmão que tinha ido para a guerra. Deste modo temos uma escrita entrecortada e fragmentada, sem contudo deixar de nos seduzir pela beleza do ritmo e texto, quase por vezes a roçar o poético.

A acção decorre nos anos 1990, a protagonista tem 52 anos e é professora, ao longo do livro vamos ficar a conhecer os seus três irmãos: o irmão que foi para a guerra e voltou louco; o mais velho que se suicidou; e o irmão surdo que vive revoltado. A mãe e vizinhas, o pai e seus vícios, a sua infância e amigas, o encontro do marido, a perda de uma filha que não chega a nascer nem permite que outras nasçam, a perda do marido que se deixa levar por outra, até à perda de uma parte do seu corpo levada por uma mastectomia.

Se o primeiro capítulo (sexta-feira) nos leva como uma onda, parecendo difícil parar de ler, queremos não apenas conhecer mais quem nos fala, mas também deleitar-nos com a escrita do autor, no segundo capítulo (sábado) muito disto perde-se, voltando apenas a reencontrar-se no terceiro momento (domingo). Deste modo fica-me uma sensação, no final da leitura, de falta de edição, o que havia para contar, para nos fazer sentir, podia ter sido conseguido em muito menos páginas, nomeadamente obliterando muito daquilo que está no segundo capítulo, e algumas partes do terceiro e até primeiro.

São vários os momentos que perturbam a leitura, e criam distanciamento, por serem extemporâneos, dos quais o mais saliente acontece o final do segundo capítulo, com toda uma secção a ser ditada pelo irmão que foi para a guerra em África, na primeira pessoa. Passamos do universo que acima defini, para outro completamente distinto, não apenas porque em termos de cenário é tão longíquo, mas porque o tom se transforma radicalmente, passando da melancolia à violência brutal, sem que isso tenha uma implicação directa na personagem principal. Ou seja, a manutenção deste todo, aparentemente sem edição, resulta tão pouco homogéneo acabando por retirar força à obra.

Efeitos desta falta de coerência acabam por resvalar e contaminar outros elementos, tais como a progressão narrativa, que se vai desvelando simplista porque previsível, nomeadamente dados os clichés que vão surgindo aqui e ali. Se a protagonista se caracteriza por via da caracterização dos demais, esses são por vezes tão óbvios que incomodam, como o irmão ensandecido que trouxe traumas da guerra, ou a mãe que engana o marido com o canalizador! Não se percebe a lógica de tão pobres construções, que acabam por se misturar e intensificar com o tom muitas vezes altivo, elitista, com que se vai descrevendo a “gentinha” ou os “pretos”, mesmo que sendo pela boca de personagens na primeira pessoa.

“Não É Meia Noite Quem Quer” acaba sendo uma obra a considerar, por ter o autor que tem, e consequentemente apresentar por várias vezes rasgos de escrita magistral, como a última secção do primeiro capítulo, toda num parágrafo que se prolonga por 15 páginas, que nos dá vontade de ler num único trago. Por outro lado, toda esta genialidade artística acaba por conferir toda uma dimensão de respeitabilidade que parece ter impedido a quem devia ter exercido o seu trabalho criticamente e assim contribuir para que o bom pudesse ter chegado a ser excelente.


por Nelson Zagalo
07.11.2015

26 de junho de 2016

Emanuel Moreira sobre Que Farei Quando Tude Arde? (em Goodreads)

Dezarrezoado amor, dentro em meu peito
tem guerra com a razão. Amor, que jaz
e já de muitos dias, manda e faz
tudo o que quer, a torto e a direito.

Não espera razões, tudo é despeito,
tudo soberba e força, faz, desfaz,
sem respeito nenhum; e quando em paz
cuidais que sois, então tudo é desfeito.

Doutra parte, a razão tempos espia,
espia ocasiões de tarde em tarde,
que ajunta o tempo; em fim vem o seu dia:

Então não tem lugar certo onde aguarde
Amor; trata traições, que não confia
nem dos seus. Que farei quando tudo arde?

Sá de Miranda

O soneto de Sá de Miranda resume bem a situação de Carlos quando confrontado com as questões "o que sou, quem é que sou". Até então se diria masculino mas na realidade pouco do que é se enquadra nesse padrão, descobre que[,] afinal, [é] Soraia. Este despertar ocorre talvez inevitavelmente tarde; Carlos já era casado com Judite, uma professora que posteriormente deixa de exercer a profissão e dedica-se ao alcool e à prostituição. E tarde também porque da relação já existe Paulo, filho do casal e a personagem central do livro.

Esta é a premissa de uma obra inspirada na vida de Ruth Bryden, aquela que foi uma das mais icónicas figuras do show travesti em Portugal. Ruth/Joaquim após o divórcio namorava com um rapaz quinze anos mais novo, Paulo (no livro Rui) que morre por overdose (suícidio) após a morte de Ruth (Soraia). Do casamento de Joaquim (Carlos) com Maria (Judite) há um filho, Rui (no livro Paulo).

A partir destas semelhanças a viagem vai muito além da realidade, levantando importantes questões sobre a identidade de género que[,] primariamente notórias em Carlos, são também vividas por Paulo. Quando Carlos já a entregar-se à Soraia a sua relação com a mulher muda, o tratamento, o respeito, finalmente começa a sentir na pele os avessos da condição feminina, num permanente faz, desfaz.

"uma filha não há-de passar o que passei, as mulheres são capazes do que eu não sou capaz, acostumam-se ao passado, vivem nele, respiram-no, distinguem-no, distinguem pela orientação do vento as sepulturas que habitam, uma filha não haveria de sentir o que sinto, estas mão que me puxam, me arrepelam, me prendem, as mulheres bebem o sofrimento como as plantas ou as éguas ou a terra ou as árvores, as mulheres são éguas e mantêm com a morte um diálogo secreto, conhecem as trevas do seu corpo onde me desloco às cegas e a direcção da paz, uma filha poderia fazer o que eu não"

Como se isto não fosse complicado o bastante Paulo e outras personagens consomem heroína, proporcionando momentos realmente complexos e obscuros. A partir do momento que o núcleo familiar se desintegra, Paulo não fica com nenhum dos pais. Assim seguimos os três percursos e de todas as novas personagens que fazem parte das suas vidas. Todos têm algo a dizer, modificar, deturpar, as pontas são lançadas e ficam soltas.

Ao longo do livro dei especial atenção às personagens enquanto crianças, nenhum daqueles adultos pediu para nascer e por inconsequências nasceram, e sofreram, nasceram como nascem os coelhos, são coelhos. A infância não é feliz, há antes uma sede de um ideal da infância, o que qualquer criança deveria ter, e estas não tiveram. 

O final é aberto, o leitor escolhe. Este livro devolve uma admirável dignidade à condição feminina, o também ser-se Soraia. Como um produto de tudo que ardeu, podem dois seres distintos ter a mesma identidade? 


por Emanuel Moreira
30.05.2016

Crónica «Nós» com reflexão sobre a sua leitura por Olga Fonseca

Nós Não precisávamos de falar. Como ele dizia – Tu sabes sempre o que eu estou a pensar e eu sei sempre o que tu estás a pensar ...