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Manual de Inquisidores, por Víctor Molinero

En este libro hay voces, un enjambre de voces que crean confesiones - acaso monólogos - para un entrevistador fantasma, que no se ve, que no aparece; acaso eres tú, preguntando por la causa de las cosas, por la razón que motivó que sucediera así. Todas esas voces engendran desde las palabras, desde frases redondas, desde adjetivos recónditos, desde verbos cúbicos; un bosque de huesos que van modelando esqueletos, que van cubriéndose de carne, de venas, manos, brazos, caras y de cabellos, hasta concebir la pequeña multitud de personas que pueblan el libro: gentío o, a veces, chusma, que nace y muere desde la figura de un ministro del dictador portugués Salazar. Ministro moderno con alma de Inquisidor viejo, que decide sobre la vida y la muerte, sobre la tortura o el calabozo en aquel añejo Portugal; hombre que arrastra su figura carnavalesca caída y vencida en su vida privada; que es germen, entonces, de este bosque de personajes que hablan de él y, a la vez, de ellos mismos y de sus propias mentiras, de sus medias verdades, del paso del tiempo, de sus miradas oblicuas, de sus perezas, de sus torpezas inherentes, de sus escasos triunfos… Confesiones que llenan huecos, a veces, como polvo antiguo, otras veces los rellenan con cemento que nace de la mezcla de la mentira y del olvido. En este libro hay puertas abiertas donde ya no entra nadie, hay puertas cerradas donde el pasado se ha quedado allí encerrado, repitiéndose una y otra vez, intentando volver a empezar de nuevo.

Lobo Antunes cuenta, desde la voz de muchos personajes, una visión de sus vidas y la de las personas que los rodearon; en un juego de “relato” de una historia y “comentario” como respuesta a aquel. Los personajes hablan, sí, de ellos mismos y también de un mundo esférico de protagonistas que orbitan alrededor de ese Ministro de Salazar. Recompone esas existencias como si fuera un rompecabezas que debe reconstruirse para ver el conjunto final. La particularidad del libro la pone esa combinación de historias y respuestas que permite ver a los personajes como si cruzaran en medio de dos espejos: por uno se ve su frente, por el otro su espalda, de tal modo que se verán todas las visiones: la triste, la enfadada, la realista y la irónica, hasta configurar una historia casi circular .

“Manual de inquisidores” es la constatación escrita, casi documento notarial, de la podredumbre que rodea a las dictaduras; es la radiografía en la que se ve que la gangrena se extiende por un estrato social y va invadiendo a todas las personas que toca, como un gesto de afirmación de los que sustentan el poder con los pobres, de los importantes con los débiles, de los que se creen que son algo con los que no pueden serlo… aún. Pero ser poderoso, ser hijo de poderosos, ser el amigo o la favorita de los poderosos, no te impide que puedas ser partícipe de su caída, de la mayor de las derrotas; allí donde la ola se ha alzado alta como una casa, es desde donde cae en un hervidero de espumas, maderas podridas y peces muertos. El poder tampoco evita fracasos personales, casi los provoca en ese hartazgo que se produce cuando el pequeño dios, el sátrapa del oeste atlántico,  es visto en zapatillas, con olor a sudor y tabaco pasado, con la baba derritiéndose en su barba. El libro es una oscura visión no solo del hombre como depredador político, es también la mirada sombría, con los ojos bajos, de la vida de las gentes en busca de amor, sea el de pareja, sea el del deseo nunca correspondido. Y es también un manifiesto contra las consecuencias del paso del tiempo, del olvido que lo rodea, y de la soledad que con ello se soporta.

Los universos propios que se mueven en estas páginas se van cruzando, entrechocando, fundiendo, repeliéndose y moviendo a lo largo del tiempo y del tiempo. Esas vidas que cuenta son vistas desde el pasado y el futuro, en lugares diferentes, en situaciones diferentes, en derrotas y victorias, en locuras y verdades, en la dictadura y el revolución, en los calabozos y en los hospitales, en el desprecio y en el amor, en todas esas cosas en las que se debe fijar un narrador para describir la vida; nuestra vida, vuestra vida o la vida de un plenipotenciario, duro y, después, decrépito ministro de una dictadura tan degenerada que pudrió su mundo.

Pero “Manual de inquisidores” es tan oscuro en lo que cuenta en sus temas, en todos esos personajes perdidos, abandonados por la historia, o por su familia, o por el amor, o por la simple vida; es tan cerrado en sus ubicaciones de casas pequeñas y pobres o en casas ricas pero rodeadas de odio, o en la quinta del ministro rica y derrotada a la vez; como hermoso en cómo lo cuenta. Cada una de las partes en las que se divide el libro, esas entrevistas, monólogos o confesiones; son una larga frase en la que aparece la poesía; pero no es esa poesía de rima y verso, ni siquiera es prosa poética, es esa que nace de la combinación exacta de ocurrencias iluminadas, de frases y palabras hermosas, atadas con ideas y visiones extrañamente bellas y rápidamente originales para el tema del que trata. Y en el que, como si un rezo fuera, alguna frase se repite como los misterios de un rosario profano en los que el mundo de cada personaje en ese instante se circunscribiera a esa locución, a esa pregunta o a esa exclamación que va y vuelve en el texto como si fuera las luz de un faro.

Siempre estaré buscando la solución al enigma, el perfecto secreto, por el que las cosas más terribles o las visiones más tristes, pueden ser contadas de la forma más bella; ese contraste que solo se halla en las tormentas en el mar, en los relámpagos más brillantes, en las fauces más abiertas, en algunos cuadros de Caravaggio, en algún Requiem, como el de Fauré; y que aquí aparece, simplemente, en el reverso y en el anverso de unas hojas unidas con pegamento.


por Víctor Molinero
en Libros y Literatura
03.09.2016

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