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ABC Cultura - «Los hijos de Lobo Antunes»

La sombra del escritor portugués, eterno candidato al Nobel, es alargada en la literatura de su país

foto ABC, Yolanda Cardo

La literatura de la mente y sus recovecos se escuda en António Lobo Antunes para proyectarse al límite. Las fronteras del cerebro se abren de par en par a través de su pluma estilográfica (¿o es que alguien puede imaginarse al eterno candidato al Nobel apostado, a sus 73 años, tras un impersonal ordenador?), guiada no sólo por su imaginación trufada de memoria histórica y recuerdos periodísticos angoleños. Su hermano João, eminente neurocirujano que ejerce de profesor emérito en la Universidad de Lisboa después de su carrera como investigador en Nueva York, se encuentra en la recámara. De sus conversaciones sobre los retos de la humanidad se infieren miles de matices que se alojan en los libros del desasosiego de este expsiquiatra rendido al poder de la palabra.

Cuando Svetlana Alexiévich fue la elegida en octubre por la Academia Sueca, todo Portugal sintió una vez más que aún no era tiempo para reverdecer aquellos laureles de 1998 encarnados en José Saramago. Pero su pulso literario continúa impasible: «Comisión de las lágrimas» o «Camino como una casa en llamas», sucesores de «Tratado de las pasiones del alma», «Exhortación a los cocodrilos» o «La muerte de Carlos Gardel».

La sombra de Lobo Antunes es tan alargada en la literatura portuguesa de hoy como lo es la octogenaria Paula Rego en la pintura. Expresionismo y dolor en ambos casos.

Los «hijos»literarios de don António aseguran la extensión de su legado, de su estela, de su marchamo, de sus enseñanzas… porque él se abre en canal cuando las palabras fluyen desde su convulso interior.

Tierra de nadie

José Luís Peixoto bebe de él y de Saramago, también de la calle, hasta del universo «hip hop» o de la liturgia más autóctona, la que deriva de las apariciones de Fátima. Tal cual refleja «En tu vientre», su 15º libro, donde se abandona a un «tour de force» de la memoria histórica del país vecino.

Y, precisamente, es una devoción casi religiosa la que despierta esa literatura hipnótica del maestro de 73 años, entre la racionalidad y su antagonista, en una tierra de nadie que sólo habita el artífice de «Tratado de las pasiones del alma».

Aureola fantasmagórica de raíz arquetípicamente portuguesa, lejos de los caprichos formales y sujeta a una autenticidad a prueba de bombas. Hondura. Estados alterados.

Otra de sus discípulas lo ha reconocido abiertamente, Dulce Maria Cardoso, después de dar a luz a «criaturas» como «Campo de sangre», «Mis sentimientos» o «El retorno»: «Sólo él consigue escribir lo indecible como ningún otro».

El resultado es que la deuda literaria crece en su honor, como atestigua Ana Margarida Carvalho, «madre» de «Qué importa la furia del mar». Ella se adscribe a sus rotaciones metafísicas, a una «prosa torrencial» que nos inunda. Obsesiones en gerundio herederas de quien dijo: «Mi oficio es traducir voces».

Rui Cardoso Martins da fe de una comunión similar a través de títulos como «Y si me encantase morir» o «Dejen pasar al hombre invisible». Su creatividad fluye de manera sinuosa, a veces cavernosa, nunca meliflua. Por si fueran pocas sus evidencias, acaba de poner en pie un montaje teatral surgido de su desbordante imaginación y encarnado en algunos manuscritos que le marcaron especialmente. Así nació «António y Maria», una especie de combate dialéctico con sabor a tragicomedia doméstica.

Tampoco podemos olvidar a Valério Romão, autor de «Autismo» o «De la familia» y permanente observador de la obra excelsa del «padre» de «Memoria de elefante», aquel debut de Lobo Antunes que antecedió a otra de sus creaciones más inquietantes, «Fado alejandrino», retrato vivo del Portugal que avanzaba con pies de plomo en la centuria anterior con un sentimiento de culpabilidad neocolonial palpable en aquellas páginas.

La metáfora como herramienta principal, de acuerdo con su reencarnación en manos de Frederico Pedreira, que reunió sus magníficos cuentos en «Un bárbaro en casa», una faceta que le otorga una dimensión muy diferente a la que suelen transmitir sus elegías.

Honestidad brutal

La arquitectura desconcertante se halla también presente en José Riço Direitinho, incapaz de conformarse con la epidermis en «La casa del fin» o «Una sonrisa inesperada». Eso sí, se ha atrevido a indicar que la conversión de su universo particular en una suerte de «club con el derecho de admisión reservado» constituye la única piedra que ve en su camino. Quizá porque sus intenciones son menos crípticas. Una confesión que rezuma honestidad brutal, especialmente si tenemos en cuenta que procede de quien se benefició de una ayuda personal por parte de don António en sus orígenes. Porque Riço Direitinho pudo encontrar editorial gracias al consejo de su tótemico modelo.

No es, por supuesto, la única generación de escritores que venera al arquitecto verbal transcrito en «La muerte de Carlos Gardel». Ya se había acreditado como tal José Cardoso Pires, alquimista de «Vals lento« y «Lisboa. Diario de a bordo», además de aguerrido azote del salazarismo.

El ADN «antuniano» se ha colado hasta en el reciente Festival de Berlín, pues se estrenó allí la adaptación cinematográfica de «Cartas de la guerra», una película de Ivo M. Ferreira basada en las misivas que un alférez de veintiocho años apellidado Lobo Antunes escribía a la que fue su segunda esposa en los días de la liberación colonial de Angola.

Hay quien proclama su firma en la antesala de una especie de subgénero literario, formado por el «progenitor» y su creciente número de «hijos», protagonistas de todo un renacer literario en la patria del fado, que tuvo a bien definir Fernando Pessoa como «la música del pueblo».


23.06.2016
texto de Francisco Chacón

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